El Rescate de Bimba

El día que el mar nos devolvió a Bimba

Eran sobre las dos y media de la tarde. Mi mujer y yo íbamos en el coche, de camino a comer a un restaurante del paseo marítimo. Era un día tranquilo, o eso pensábamos, hasta que de pronto, en medio de la carretera, lo vi.


Era un perrito de raza Teckel. Corría sin rumbo fijo, con la lengua fuera, sin detenerse ni un solo instante. El pánico se le notaba en cada zancada. Me adelanté un poco con el coche para intentar esperarle más adelante y cortarle el paso, pero lo perdí de vista. Esperé un instante, buscando con la mirada, y vi que se estaba metiendo hacia la zona de la playa de rocas. Volví a adelantarme con el coche, pero el perrito seguía yendo cada vez más hacia adentro, en dirección directa al mar.
Ahí ya no lo dudé. Salí del coche y eché a correr tras él por las rocas. Llevaba puestas unas sandalias de dedo; me resbalaba constantemente, tropezando y a punto de caerme a cada paso, pero no me importaba. Él se adentraba más y más en aquel terreno peligroso.
—¡Nooo, nooo, para! ¡No vayas por ahí! —le gritaba con todas mis fuerzas.
Pero no me escuchaba. Estaba ciego de terror. Siguió metiéndose hasta que llegó justo al borde del acantilado de rocas y se paró. Pensé: «Ya está, ahora no tiene salida, puedo cogerlo». Estuvo dubitativo unos segundos cuando, para mi absoluto horror, vi que se lanzaba al agua.
Empezó a nadar hacia el interior del mar. Nadaba y nadaba, alejándose al menos veinte metros del borde. Yo estaba desesperado; no quería perderle de vista ni un solo segundo, porque sabía que si lo hacía, ya no volvería a localizarle. Mi mayor terror era que, estando tan asustado y agotado, se ahogará y perderá la vida. Yo ya estaba al borde de las rocas, dispuesto a tirarme al agua a por él si hacía falta, pero necesitaba saber dónde estaba en cada momento. Gracias a Dios, el mar estaba en calma y no había oleaje; de haberlo habido, igual ni se habría atrevido a saltar.
Y entonces, ocurrió algo inesperado. Se giró. Dio media vuelta y empezó a nadar de regreso hacia las rocas. La corriente le había desplazado unos cincuenta metros, pero luchó hasta que alcanzó el borde y logró salir.
Yo corría hacia él, cayéndome una y otra vez al pisar los huecos traicioneros de las rocas con las chanclas mojadas, y en uno de esos traspiés, dejé de verle.
—¡Perrito, perrito! ¿Dónde estás? —lo llamaba, sintiendo que la angustia me comía por dentro.
Fue entonces cuando un hombre me gritó: «¡Está por allí, está por allí!», señalándome una dirección. Yo seguía sin verlo, hasta que me di cuenta de que lo tenía a escasos cuatro metros.
Me acerqué y lo vi. Estaba metido en una poza de agua formada en la propia roca. Estaba sentado, mirando hacia arriba, como si estuviera esperando a alguien. Jamás olvidaré esos ojos de desesperación total. Me acerqué despacio y se dejó coger sin ningún problema. Estaba absolutamente exhausto. Lo abracé contra mi pecho mientras le hablaba bajito para calmarle; en ningún momento quiso saltar ni huir de mis brazos.
Me lo llevé al coche, lo secamos bien y nos fuimos al paseo marítimo. Le dimos agua fresca y le compramos un arnés y una correa para asegurarnos de que no se volviera a escapar. En ese rato, nos dimos cuenta de que no era un perrito, sino una perrita.
Con ella en mis brazos, empezamos a caminar por los restaurantes del paseo, buscando la Policía Local para pedirles que le leyeran el chip de identidad. Pero el destino nos tenía preparado un final mucho mejor.
De repente, vimos a una pareja de frente. Estaban desesperados, preguntando a todo el mundo si habían visto a su perrita. En ese instante, el hombre clavó su mirada en mí. Vio a su pequeña en mis brazos. A una distancia de unos diez metros, abrió los brazos de par en par.
Llegó hasta nosotros casi llorando, súper emocionado, y nos dio un abrazo inmenso a mí y a la perrita.
—¡Gracias, gracias, gracias! ¡Bimba está bien! —no paraba de repetir con la voz rota.
Al instante llegó su mujer, que se lanzó a abrazar a la mía. Y allí nos quedamos los cuatro, fundidos en un gran abrazo, con Bimba en el centro de todo. Fue un momento increíblemente emotivo, de esos que se te quedan grabados para siempre. Mientras la mujer llamaba a todo el mundo llorando de alegría para avisar de que habían encontrado a «Bimba», yo les conté cómo la había rescatado del mar.
Me volvieron a abrazar. Me volvieron a dar las gracias una y otra vez.
Aquel día salimos de casa con la idea de ir a comer, pero nos llevamos algo mucho más grande: la inmensa felicidad de devolverle la vida a Bimba y el alma al cuerpo a su familia.